¡Muerte a la silla-armario!

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Andaba yo con demasiados remordimientos. Que si deje de escribir, que si patatín, que si patatán. Hacia falta que me ocurriera algo épico para sentir la necesidad de compartirlo sin sentirme culpable por no dar demasiadas explicaciones a mis lectores.

Y ha ocurrido. Y no es ninguna de esas cosas supermotivadoras que se hacen virales en Facebook. Es más bien, uno de esos logros personales bastante tontos que solo me hacen saltar a mi de satisfacción, mientras mi pareja levanta una ceja y suspira como quien ve a un cachorrillo feliz persiguiendo una mosca.

Esta semana he conseguido librarme de mi silla-armario, después de 20 años de pelea. Y ha cambiado mi vida.

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Un pequeño macetohuerto para minimalistas

albahaca

 

¿Minimalismo y huerto?

Me encanta trabajar en mi pequeño huerto. Me relaja y me ayuda a alejarme de los problemas del día a día. Creo que esta muy relacionado con la meditación y con el vivir el presente…es el momento de volver a contactar con la naturaleza, y que narices, tener algo verde y vivo en casa da cierta alegría.

El problema es que por el abandono,  el huerto hacia meses que no relajaba a nadie. Se había transformado en una selva descontrolada que…daba miedo. El solo hecho de pensar en la cantidad de trabajo, tiempo y dinero que tendría que invertir para controlarlo me daba mucha pereza. Y además me comía el remordimiento por haberlo abandonado a tal punto y tener unas enormes macetas llenas de maleza. Ni meditación, ni naturaleza, ni leches. 

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El hipocondriaco mental

Yakshas de terracota

Yakshas de terracota

—Es que soy científica, necesito entenderlo, analizarlo, estrujarlo… ¿por qué me siento tan triste?¿por qué me siento así? Esta mañana note un sensación de euforia pero apenas 10 minutos después estaba pensando en otra cosa… y me siento…. Y dejo que…yo debería ser feliz, FELIZ… ¿pero por qué?…. (mirada al vacío con cara de quien pierde el tren)

—Nena, tu ya sabes perfectamente como te sientes y porqué, ahora deja de darle vueltas y busca soluciones.

Mientras apuraba el café, en mi mente sonó el eco de una colleja invisible directamente en mi nuca “PLAS”. Seguramente era verdad. Él tenía razón. Me obsesionaban tanto mis procesos mentales y mi “bajón” que ni me había planteado que era eso, una obsesión.

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